Participé en el TechDay en la FGV, evento promovido por el profesor Eduardo de Rezende Francisco. Fue una excelente oportunidad para reflexionar sobre la inteligencia artificial desde diferentes prismas — desde lo técnico hasta lo filosófico. Después de todo, se trata de una tecnología que desafía profundamente la forma en que nos identificamos como seres humanos, ya que comienza a realizar tareas históricamente atribuidas exclusivamente a las personas. A partir de lo que escuché, comparto algunas reflexiones:
Reconozco que la velocidad de los cambios trae incertidumbres y, naturalmente, miedos. La evolución humana no nos preparó para transformaciones tan abruptas. Basta pensar que la revolución agrícola tardó milenios en consolidarse, y aún hoy sentimos sus efectos — como el sedentarismo — porque nuestros cuerpos fueron moldeados para el movimiento constante y la diversidad alimentaria. Ahora imagínese una revolución que lo cambia todo en cuestión de meses, como la de la IA.
A mi modo de ver, la mejor forma de afrontar esta transformación es entender lo que no cambia. Y para ello, necesitamos comprender la IA por dentro — sus fundamentos y limitaciones — para atravesar esta era como surfistas sobre la ola, y no como náufragos siendo arrastrados por ella.
Pero después de todo, ¿qué es la IA por dentro? De forma sencilla, se trata de un software capaz de reconocer patrones con un costo de desarrollo mucho más bajo y con una flexibilidad mucho mayor que las generaciones anteriores. Otra forma de verlo es pensar en la IA como un “súper buscador de información”: un tipo de “Google multimedia” más potente, pero desprovisto de juicio crítico.
Desde esta perspectiva, llego a una conclusión: la IA no sustituirá al ser humano mientras sea solo una máquina. Y creo que esto seguirá siendo así durante muchas décadas, ya que atribuir agencia y derechos a las máquinas exige que primero definamos qué es la consciencia — un debate sumamente complejo. La habilidad más valiosa del ser humano sigue siendo la capacidad de ejercer un juicio crítico sobre el impacto de sus decisiones en otras personas y en el mundo. Es el famoso dilema del tranvía: no hay respuesta correcta o incorrecta — y eso es algo que aprendemos rápidamente al entrar en la vida adulta.
Por lo tanto, si pensamos en la IA como una poderosa herramienta de búsqueda y análisis contextual, puede ayudarnos a tomar decisiones mucho mejores. Al reducir drásticamente el costo de acceso a información relevante, nos libera tiempo para dedicarnos a actividades más humanas. Y, para mí, ese es el verdadero papel de la tecnología: hacernos más humanos — y no al revés.
Como dijo el profesor Pedro Santi en el “Panel 3 - Vida Cotidiana: La IA en las calles, en las casas y en los bolsillos: ¿y ahora?”, podemos identificar si estamos esclavizados por una tecnología cuando conseguimos desvincularnos de ella, aunque sea temporalmente. Y yo añado: si usted puede ser más humano con el uso de la IA, entonces está en el camino correcto.